Página 156 - Libro de Educación para la Ciudadanía de Segundo de Bachillerato
Organización democrática: el republicanismo en contraste con otras formas de organización política
Contenido Página 156 - Libro de Educación para la Ciudadanía de Segundo de Bachillerato
PROFUNDIZA TUS APRENDIZAJES DE LA SECCIÓN 1
Una historia sobre Sara
Me llamo Sara. Vine al mundo en primavera y fue entonces cuando comenzó mi fantástica aventura. Al nacer era una hermosa niña que tenía de todo: dos ojos (tan verdes que parecían dos esmeraldas, como decía mi abuela), una nariz, dos orejas, dos brazos, dos piernas, dos manos, dos pies... ¡No me faltaba ningún trozo! Fui creciendo como cualquier bebé, pero cuando tenía cuatro años mis padres empezaron a notar que tenía dificultad para moverme y, además, en el colegio no aprendía al mismo ritmo que mis compañeros. Empezaron a llevarme a un montón de médicos y, al final, uno muy alto y simpático les dijo a mis padres que yo tenía una enfermedad poco frecuente e incurable, con un nombre impronunciable. Es por eso que tengo que moverme en silla de ruedas y hablo de una forma un poquitín extraña. Hoy he decidido bajar al parque que está cerca de casa a dar una vuelta.
—¡Hola, soy Emma! Y tú, ¿cómo te llamas? —preguntó una niña que tendría su misma edad, delgada y de ojillos rasgados, mientras se sentaba en un banco justo al lado de donde ella se encontraba.
—¡Hola! Me llamo Sara. ¡Qué raro que me preguntes mi nombre! —respondió, algo extrañada pero a la vez loca de contenta. —Las personas cuando me ven, muchas veces, se ponen nerviosas. No saben cómo actuar ni cómo dirigirse a mí y se sienten incómodas... A veces, me llaman «minusválida», «subnormal», «retrasada», «loca», «pobrecita», «rara» y cosas así —continuó, bajando triste su mirada verde mar. Incluso me dicen que me vaya... O son ellos quienes prefieren evitarme y se alejan de mí, porque no quieren estar cerca de una niña como yo... ¡Como si de un bicho raro se tratara! —siguió Sara en tono serio.
—Me desprecian por ser diferente, como un monstruo o algo así... ¿Sabes? Y, a veces, hablan de mí como si no pudiera entender lo que dicen y me hacen sentir como una cosa —dijo despacio y esforzándose para hacerse comprender por aquella niña, que le escuchaba con mucha atención y cierta complicidad. —Al principio me quedaba en casa, como una prisionera, pasando horas y horas mirando por la ventana. Pero un día, de repente, me di cuenta de que yo no tenía ningún problema. ¡Eran los demás quienes lo tenían! ¡Eran los demás quienes se equivocaban al comportarse así conmigo! ¡Tal vez lo hacían por desconocimiento o, incluso, por miedo! Hay personas que no entienden que no sólo yo soy diferente, sino que todos, sin excepción, somos diferentes los unos de los otros. La discapacidad es sólo una característica más de la persona, lo mismo que tu pelo es oscuro y lacio y el mío rubio y rizado. ¿Tan difícil es de entender siendo tan obvio? —se preguntó Sara en voz alta. —Quien no se dé cuenta de ello sí que tiene una discapacidad. Una muy grave que afecta a su corazón: la incapacidad de amar. Yo no tengo que sentirme mal ni pedir disculpas por necesitar una silla de ruedas para moverme —añadió pausadamente, pero con gran convicción.
—Te entiendo, Sara, porque a mí me pasa algo parecido. Yo nací en China y mis padres me adoptaron cuando era muy pequeñita. En la calle y en el cole me han llamado con desprecio «chinitita» y me han dicho muchas veces «vete a tu país». Este año, en el instituto, el segundo día de clase me encontré un cartel en la puerta del aula que ponía: Prohibida la entrada a animales y chinos —relató Emma.
—Emma, hay gente con mentalidad muy estrecha y cerrada. ¡Ponen etiquetas a las personas sin